“¿Puede oír el océano?”

By Luisa Ardila

Eran las 2 a.m. en un día de diciembre en el 2005. Después de horas en la vía de Cancún, México a Puebla, los cinco hombres que habían tomado a la periodista Lydia Cacho como rehén, detuvieron el coche y la sacaron.

“¿Puede oír el océano?” Uno de los hombres le preguntó. “Yo podía escucharlo rugir,” ella recordó después. Cacho también recordó la razón de la pregunta. Estaban torturándola para que negara las acusaciones en su libro y las pruebas de su investigación, que implicaba a varias figuras influyentes mexicanas e internacionales. Ellos la arrastraron hacia el agua.

Cacho acababa de publicar “Los demonios del Edén”, que dejó al descubierto una red de pornografía infantil, abuso sexual y tráfico sexual operado y protegido por funcionarios gubernamentales y empresarios poderosos en México. Ella ya había recibido amenazas de muerte durante su investigación.

Los hombres, que habían tomado a Lydia a punta de pistola, eran agentes de policía bajo las órdenes del gobernador de Puebla, Mario Marín. Ellos le insistían que confesara que todo era mentira. “Me limité a decir ‘no, no lo haré.” Ellos continuaron hiriéndola.

El Martes, 16 de febrero del 2010 Lydia Cacho fue galardonada con el premio del Centro Tully Para la Libertad de Expresión por su trabajo para promover los derechos humanos y luchar contra lo que su presentadora Jane Kirtley llamo “censura mediante asesinato” en México. Durante todo este lunes y martes, Cacho habló con los estudiantes de la Universidad de Syracuse sobre los derechos humanos y su punto de vista de los medios de comunicación.

Cuando era joven, Cacho soñaba ser poeta. Incluso publicó un libro de poesía, el cual describió como “muy malo”. Un profesor le dijo que a ella nunca le iría bien como poeta porque estaba demasiado involucrada con la realidad. Lydia sabía que él tenía razón, sabía que ella podía ser periodista, y un día mientras está escribiendo un artículo encontró su propia voz y comenzó a escribir profesionalmente. El salario no era muy bueno entonces debió trabajar simultáneamente como diseñadora de interiores para compensar lo poco que ganaba por sus historias.

Un día degustando unos tequilas y discutiendo los derechos de las mujeres recibió una invitación para un programa en la radio pública. Fue ahí entonces cuando se dio cuenta de que a la gente en realidad le preocupa este tema, así que creo un programa, y comenzó lo que ella llama “el momento más emocionante de su vida.”

Con su popularidad en la radio, y más tarde en un programa de televisión, la gente empezó a reconocerla en la calle, llegando incluso a su estudio para pedirle ayuda. Pronto supo que los hombres en posiciones de autoridad, no ayudarían a las mujeres maltratadas, y se tomó el asunto en sus manos y fundó un refugio de alta seguridad para ellas.

Cacho siguió investigando la violación de los derechos humanos contra las mujeres y los niños. Para llegar a la verdad dice: “Hice algunas cosas que no haría en los Estados Unidos.” Sin embargo, ella nunca hubiera imaginado que iba a investigar la pornografía infantil. “Era algo que yo no podía soportar.”

Un día una chica busco a Cacho en su refugio y le contó lo que le habían hecho, ella no lo pudo evitar, tenía que hacer algo. La muchacha le dijo que había sido violada y grabada en video por unos hombres que parecían tener poder. La niña no sabía que los hombres a los que acusaba eran de hecho tan influyentes. La lista incluyó a Jean Sucar Kuri, un empresario hotelero del Líbano que hacia negocios en Cancún, otras personalidades de amplio reconocimiento en México, y turistas extranjeros. La niña también le dijo a Cacho que cuando había denunciado los crímenes a la policía, el oficial a cargo le advirtió a Sucar Kuri, que la niña era una amenaza para su organización.

Lydia quedo impresionada por estas acusaciones, y comenzó a investigar junto a un oficial de la policía federal de su confianza. Encontró a otros niños que habían escapado de los delincuentes y escuchó sus historias. Una en particular, le llevó 100 fotos incriminatorias que había robado bajo la cama de Sucar Kuri. Eran “espantosas”, dijo Cacho.

Sólo unos días después de escuchar por primera vez estas denuncias Cacho las presentó en su programa de televisión, al que invitó a expertos para debatir las consecuencias de tales hechos. Al mismo tiempo, ella escribió acerca de sus resultados iniciales en su columna periodística. Fue entonces cuando las amenazas se intensificaron. Ella recibió una llamada de Sucar Kuri, quien le dijo que estaba entrometiéndose en su vida privada y fue amenazada por el entonces senador, Emilio Gamboa Patrón.

Con su la vida en peligro, llegó a publicar el libro, que ella dice contiene detalles de las historias de las niñas y evidencia contra los muchos hombres relacionados con el caso. Lydia también implementó medidas de precaución para mantenerse a salvo. Sin embargo, un día llegando a su oficina en Cancún, se encontró rodeada. Los agentes de policía la detuvieron, y pusieron una pistola en su torso, la llevaron a la comisaría de policía de la ciudad bajo cargos de difamación.

“En México la difamación es un delito penal”, explica Cacho. “Por ejemplo, si yo reporto a un ladrón de bancos, incluso si es cierto que robó el banco, y aun teniendo una cinta de video que lo muestra robando el dinero, si él puede demostrar que su honor fue herido por mi informe yo podría ir a la cárcel por años.” La ley no se ha cambiado desde la época colonial, cuando el honor y la dignidad de un hombre eran tan valiosos, dijo ella.

Después de llegar a la estación los hombres sacaron a Cacho de allí, a pesar de que sus guardaespaldas estaban presentes. Es ahí cuando su viaje de 20 horas a Puebla comenzó. Los hombres la “tocaron”, la amenazaron y torturaron para hacerla negar sus afirmaciones.

A las 3 de la mañana, después de su secuestro Lydia Cacho todavía estaba en la playa siendo torturada. Para entonces, los hombres recibieron una llamada de Marín, el gobernador.  El preguntaba si aún estaba viva, y acto seguido la trajeron de regreso al coche, ella les escucho decir “cambio de planes…”

Al llegar a Puebla, fue encarcelada y se le inició un juicio que duro un año acusada de difamación. La contraparte trató de demostrar que ella no era periodista, basado en el hecho de que ella era una mujer. Cacho dice haber ganado el caso, sobre la base de que si se lastimó el honor de alguien, ese alguien eran las niñas que fueron abusadas sexualmente. 

“Ellos pensaron que yo me iba a quedar callada después de eso”, dijo Cacho. Pero en su lugar presentó las violaciones de derechos humanos en la Suprema Corte de México. Perdió el caso, según ella, porque las personas que fueron acusadas sobornaron a los jueces.

A principios del 2006, aparecieron cintas de conversaciones telefónicas con el principal aliado de Sucar Kuri, Kamel Nacif Borge. Este era un empresario que trabajaba para proteger a Sucar Kuri y su red de pornografía infantil y abuso sexual. Para ella, esto es “justicia poética”, ya que gracias a estas cintas el público finalmente creyó que los hombres en verdad conspiraron contra ella.

Pero Lydia dice que los hechos más importantes de las conversaciones no son los planes para ponerla en la cárcel por su trabajo, si no cuando estos hombres hablaban de las niñas como productos que podían comprar por US $ 2.000 en lugares tales como El Salvador y la Florida.

Cacho afirma que la esposa de Kamel Nacif, temiendo por su vida, fue quien grabo esas conversaciones y las hizo públicas. Tiempo después, la señora Nacif solicito la ayuda de Cacho para conseguir se divorcio.

Debido a la masiva difusión de su caso en los medios, la gente exigió que se cambiaran las leyes de difamación. Si bien admite que haber hecho públicas las amenazas salvo su vida, también tiene opiniones muy fuertes acerca de cómo son manejados los medios de comunicación.

“Los periodistas tienen el poder de cambiar el mundo”, dijo Cacho, pero con egoísmo y reportajes mediocres, las sociedades terminan con una prensa superficial pero poderosa donde las noticias pueden ser cubiertas como si no hubieran sucedido. Ella señala que las cadenas de televisión estadounidenses y mexicanas han crecido a tal magnitud que se dedican a defender los intereses de sus accionistas. Ella invita a los estudiantes a rebelarse contra esto, apagando el televisor y leyendo las noticias de los periodistas en los que ellos confían.

Lydia desafía a los americanos a ver lo que su gobierno está haciendo en México. “Ellos creen que somos un montón de latinos locos por dinero” a causa de la guerra contra las drogas. “Eso es una gran, gran mentira.” Ella sostiene que no es ni siquiera una guerra contra las drogas. El Plan Mérida, un acuerdo entre los Estados Unidos y México, que aplica medidas contra la corrupción, e incluye ayuda militar al gobierno de México-está creando una guerra contra los ciudadanos que quieren tener un gran país sin drogas. La mayoría de las armas que están matando a miles de mexicanos cada año provienen del gobierno estadounidense como parte de este acuerdo, dijo Cacho.

Señala que las políticas que están destruyendo a su país son muy similares a lo que se ha utilizado en los EE.UU. El gobierno mexicano justifica las escuchas telefónicas y la tortura como asuntos de seguridad nacional y funcionarios del gobierno advierten que “o están con nosotros o con los malos”, que ella dice hacen eco de la filosofía de George W. Bush.

Cacho está trabajando en su próximo libro, viajado por el mundo, investigando las redes de trata de personas. No mucho ha cambiado: todavía recibe amenazas de muerte, pero eso no la detiene por su compromiso ético con las historias de las víctimas de abuso y maltrato.

Ahora se adentra más profundamente que nunca, como le dijo a los presentes en la cena de la noche del lunes en Newhouse: he ido tan lejos como vestirme de prostituta para preguntarle a los hombres por que trafican mujeres.

 “La gente dice que eso fue valiente,” y Lydia dice “no fue valiente. Fue real.”

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